Tenía grandes alas y un pico
amarillo. Su cuerpo parecía una salchicha extraterrestre y sus plumas del color
del arcoíris, una nave interestelar. Su cola se veía como la de un pavo real,
pero sus ojos fisgones daban mucho en que pensar. Ante mí se quedó inmóvil “es
muy salvaje” decían todos “puede matar a cualquiera”, exclamaba el mundo entero. Sus enormes patas de
rinoceronte se plantaron en la tierra haciéndome dar un paso atrás. Con su
melodioso canto de sirena me invitó a acercarme. El miedo me carcomía las
entrañas. Como un cerdo en el horno, comencé a sudar. Mi cabello se evaporaba
de los nervios y mis manos temblaban como maraca de carnaval. Di un paso al
frente. Su enorme cuello de jirafa se estiró hacia mi rostro. Con su trémula nariz
de topo inhaló el pútrido hedor de mi alma carente de luz. Sacudiendo su cabeza
en símbolo de desapruebo, contrajo su enorme garganta y me miró de nuevo. Sus pupilas
de búho curioso se dilataron al ver las mías. Mirando directo hacia mi corazón,
sus cejas se levantaron con admiración. Sin quitarme su sorpresa de encima,
cerró las puertas de su ser y lanzó al cielo un estruendoso grito de felicidad.
Eco. Silencio. Más eco. De pronto un fervor entrañable inundó mis brazos haciéndome
acercar. Las ganas de abrazar a aquella inusual criatura y agradecerle su
inmensa comprensión, se incrementaban con enjundia intranquila y mi cuerpo
empezaba a latir con cariño hacia él. Con la boca seca de emoción mis labios desearon
por un momento hundirme en el tremendo estupor de sus besos de miel. De pronto,
una transformación inminente tomaba lugar ante mí. La curiosidad de su mirar se
tornó humana, el color de sus plumas se hizo terrenal y su pico se transformó
en un par de labios carnosos mas seductores que su propio mirar. A sus imponentes piernas de rinoceronte comenzaron
a brotarle dedos y uñas, su nariz ahora
era respingada y hermosa, al igual que su torso delgado y su lacio y rubio cabello
que se movía con el viento. Por un momento quise buscar un poco de malicia en
sus ojos de estrellas. Deseaba asustarme como la primera vez que vi a aquél monstruo frente
a mí. No pude. Su encanto me hipnotizó y su sinceridad me cautivó de
inmediato. Era bella, era hermosa. Era todo lo que siempre desee. Con una
sonrisa fugaz, miré al cielo y en son de agradecimiento grité con fuerza tal
como lo hizo ella antes de transformarse. Quería que las nubes supieran que estaba
feliz de haber encontrado lo que siempre busqué. Deseaba que nunca es apartara
de mis brazos. De pronto, ante sus ojos de humano, mis extremidades comenzaron
a hormiguearse. Sentía que mi sangre corría más lento y me costaba trabajo
respirar. Un reflejo fugaz me hizo voltear hacia el piso. Mis dedos estaban
desapareciendo y mi piel se tornaba color gris. Mi espalda se encorvaba lentamente
hacia abajo, mientras que una extraña sensación de crecimiento capilar
esclarecía mi rostro con una verdad que no quería aceptar. En mis ojos se
dibujó una extraña curiosidad parecida a la de los búhos cuando tienen hambre y
estirando mi enorme cuello hacia el cielo me di cuenta que algo no andaba bien.
Frente a mí, ella solo sonreía. Con sus dedos largos y su tersa piel, tomó mi
pico amarillento y con un beso se despidió para siempre. Mientras caminaba
lejos de mi comprendí la verdad. Recordando las advertencias de aquellos que
conocían al dulce monstruo del amor, me di cuenta de que ahora el monstruo, era
yo.
lunes, 11 de marzo de 2013
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