Y finalmente te tuve entre mis
brazos. A pesar de tu resistencia espartana y tu corazón cerrado, pude
acercarme a ti. Estrechándote con fuerza hacia mi pecho te hice suspirar como
hace años no lo hacías. Besando tus labios con fervor adolescente tu sonrisa me
miró como tus ojos jamás podrán hacerlo. No fue fácil. Al contrario. Pero lo disfruté.
Desde que te conocí supe, de
alguna forma, que esto pasaría. Lo deseaba con fuerza y tú lo esperabas en
silencio. Pero tu pecho me lo dijo. Así como me dijo que te sentías encerrado
en una barrera de grasa que tú mismo habías creado. Tu pecho me lo dijo, así
como me dijo que tenías ganas de huir hacia un lugar pleno donde el amor mande
y las aves no se interpongan en tu camino. Por eso me acerqué, a pesar de tu
resistencia, para decirte que ese mundo
existe.
Anoche, mientras te tenia entre
mis brazos creíste haber encontrado aquello que con tantas ansias has buscado. Un
conflicto extraño hizo que tus ojos me miraran preguntándome si era verdad lo
que veían. No pude responder. Tuve miedo. Me hubiera encantado decirte que sí. Que
aquello que tanto esperas lo puedes encontrar en mis caricias y en este amor
tan puro que te tengo. Me hubiera gustado jurarte amor eterno para vivir
felices por siempre envueltos en una burbuja de flores y canciones románticas.
Pero callé.
Ayer, finalmente te tuve entre
mis brazos. Tu disposición era entera y tu corazón latía con fuerza cada vez
que mis labios te besaba. Ayer, que finalmente te enamoraste de mí, tuve que hacerte a
un lado. Esperando a no romper tu sueño y tu ilusión, deseando que algún día puedas
verme a los ojos y decirme lo bien te que sientes y lo libre que estás. El mundo que buscas no está entre mis brazos o
en mis besos. Por eso tengo que partir.
Porque tu confusión extrema puede llevarte a la destrucción. Por eso, anoche
mientras estabas en mis brazos, tuve que decir adiós, y resignarme a no verte
nunca más.