La última vez que amé fue
repentina. Como la lluvia que cae después de un día soleado, como el cambio de
rumbo de las aves o como el estupor de las olas del mar; repentino simplemente.
Puedo decir que desde que nuestras miradas se cruzaron por primera vez, me
enamoré. También puedo decir que cuando hablamos la primera vez nuestros labios
ansiaban tocarse y nuestras manos se atraían entre sí. La primera vez que me
enamoré no fue algo planeado. Nuestros corazones lo decidieron y actuaron por
nosotros. Ellos mandaron a nuestras mentes y movieron nuestros brazos para que
se juntaran finalmente. La primera y última vez que me enamoré, lo hice desde
mi corazón.
Hoy siento que te quiero. Me
gusta como hablas, me encanta como piensas. Tus labios me atraen y tu cuerpo me
atormenta. Me gusta verte de lejos, me fascina sentirte cerca. Tus dedos entre
los míos me hacen suspirar y tu aliento de coco me permite respirar. Hoy, y
desde hace mucho tiempo siento que en ti puedo encontrar algo que no podré
encontrar en nadie más. Siento que es posible que tu presencia me haga feliz y
que el recuerdo de tu rostro haga que yo me vuelva a ilusionar. Hoy siento que
te quiero, pero no me siento enamorada. No siento que la lluvia cae de repente
sobre mis hombros para hacerme vibrar con fervor. No siento las olas del mar
rompiendo en mi pecho, ni escucho a las aves cantar en mis oídos. Hoy, sé que
nunca podré amarte; ni aunque lo busque ni aunque me esfuerce. Ni aunque lo
quiera ni aunque lo sueñe. Hoy se, que tu no llegaste a mi corazón de repente;
hoy sé que yo te metí a la fuerza.
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