Gemidos. Gemidos inexistentes de
un amor que jamás culminará. Gritos de placer ajeno y satisfacción
aparentemente compartida. Caricias sutiles llenas de verdad que no provocan más
que culpa e inferioridad. Besos llenos de pasión contenida, miradas de un amor
sin igual. Palabras sinceras que expresan más que la verdad. Sentimientos
encontrados, sensaciones por doquier. Risas que callan al escuchar el rose de
su piel contra mi piel. Bella combinación de colores. Insaciables jadeos
haciéndome estremecer. Cosquillas entre las piernas, suspiros insaciables de un
mañana sin ayer. Dulces caricias tuyas que solo pretenden darme placer. Extrema
rebeldía la mía de intentar contenerme ante la luz del amanecer. Fuego en tu
mirada, miel en tus cabellos. Eres perfección; ante cualquiera y frente a
todos, eres perfección. Tus ojos grandes, tu vigor de hombre. Tus piernas
largas, tus brazos de roble. Moviendo tus caderas me haces ver que eres todo lo
que siempre soñé. Tus manos inquietas me afirman que eres tú con el que siempre
quise estar. La luz de tu alma, el calor de tu corazón, y estos oídos tiernos que
escuchan tu dulce voz. Eres todo lo que necesito para gozar. Para sonreír a
cada minuto y olvidar que existe el dolor. Eres exactamente igual al ideal que
mi menté creó. Un hombre perfecto para mirar, un destello de luz, un susurro de
paz. Pero mis gemidos opacan tu grandeza. Mi placer te hace efímero e
inexistente. Si olvido el dolor que me provoca tu ausencia, me dejo llevar a un
lugar obscuro donde tu luz no me puede ver. Donde mi soledad no te quiere cerca
y mis párpados se cierren para no ver tu perfección de nuevo. Por eso prefiero
gritar, para evitar a toda costa, que mis ojos no puedan verte una vez más.
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