Anoche. Intentando no extrañarte,
te soñé. Sin zapatos y con un traje negro bien planchado me abrías las puertas
de tu pecho. Tus ojos verdes miraron directo hacia los míos. Una extraña paz
colmo mi cuerpo de inmediato. Mi corazón comenzó a palpitar más rápido que de
costumbre y unas ansias locas de querer abrazarte nacieron en mí. No quería
despertar; una energía extra cotidiana invadió mi cuerpo físico sin que nadie
lo notara, nadie más que tú. Mis ojos se abrieron entre suspiros. No supe que
pensar, no sabía que hacer. Encendí la luz para ver si estabas cerca, y nada.
Mil y un hormigas recorrían mis extremidades haciéndome saber que pronto
llegaría el momento de estar junto a ti. De pronto y sin esperarlo, el foco de
la lámpara se apagó. Miedo. Sabía que eras tú; tu voz retumbaba en mis oídos
diciéndome lo que siempre quise que me dijeras. Lo sabía, sabía que eras tú,
pero tuve miedo. No quería afrontar la realidad, no quería saberte ahí. Sin
desearlo, lágrimas con olor a nuez moscada comenzaron a brotar de mis ojos.
Claramente sentí como una mano tocó mi hombro en son de consuelo. Eras tú, de
eso no me queda la menor duda. Un susurro, un suspiro… soledad. La luz se prendió
de nuevo. Todo volvió a estar en paz. Te extrañaré. Aunque jamás hayas estado
junto a mi, siempre estuviste cerca. A pesar de que ahora sea yo quien no puede
estar junto a ti, siempre vivirás e mi corazón. Te quiero padre mio…
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario