sábado, 17 de noviembre de 2012

La Despedida



Anoche. Intentando no extrañarte, te soñé. Sin zapatos y con un traje negro bien planchado me abrías las puertas de tu pecho. Tus ojos verdes miraron directo hacia los míos. Una extraña paz colmo mi cuerpo de inmediato. Mi corazón comenzó a palpitar más rápido que de costumbre y unas ansias locas de querer abrazarte nacieron en mí. No quería despertar; una energía extra cotidiana invadió mi cuerpo físico sin que nadie lo notara, nadie más que tú. Mis ojos se abrieron entre suspiros. No supe que pensar, no sabía que hacer. Encendí la luz para ver si estabas cerca, y nada. Mil y un hormigas recorrían mis extremidades haciéndome saber que pronto llegaría el momento de estar junto a ti. De pronto y sin esperarlo, el foco de la lámpara se apagó. Miedo. Sabía que eras tú; tu voz retumbaba en mis oídos diciéndome lo que siempre quise que me dijeras. Lo sabía, sabía que eras tú, pero tuve miedo. No quería afrontar la realidad, no quería saberte ahí. Sin desearlo, lágrimas con olor a nuez moscada comenzaron a brotar de mis ojos. Claramente sentí como una mano tocó mi hombro en son de consuelo. Eras tú, de eso no me queda la menor duda. Un susurro, un suspiro… soledad. La luz se prendió de nuevo. Todo volvió a estar en paz. Te extrañaré. Aunque jamás hayas estado junto a mi, siempre estuviste cerca. A pesar de que ahora sea yo quien no puede estar junto a ti, siempre vivirás e mi corazón. Te quiero padre mio…

No hay comentarios: